Argentina lee, y no es solo por ser «un país culto»
Cuando llegué de Estados Unidos, pensé que Argentina leía tanto porque era un país muy culto. Y lo es. Pero caminando por Buenos Aires, entre librerías, cafés y puestos de libros usados, empecé a sospechar que había una razón más profunda: acá no se lee porque sobren respuestas, sino porque todavía no se renunció a la posibilidad de otro final. 📚
Libros por todas partes
Lo primero que me sorprendió fue lo físico. Libros en librerías enormes, en negocios de barrio, en mesas sobre la vereda, en ferias y en los puestos de usados de la Avenida Santa Fe, donde un libro que ya pasó por varias manos espera, paciente, a su próxima persona.
Me paraba frente a esas mesas y miraba los ejemplares: tapas gastadas, páginas amarillas, nombres escritos por alguien que ya no sabemos quién fue. Y pensaba que un libro usado guarda dos historias: la que escribió el autor y la historia invisible de todos los que lo llevaron en la mochila, lo dejaron junto a la cama o subrayaron una frase en un momento difícil.
De donde vengo, comprar un libro se volvió algo cada vez más digital, privado y rápido. Lo pedís, llega, lo leés solo. Buenos Aires me mostró otra cosa: entrás a una librería sin saber qué buscás, tocás las tapas, escuchás una recomendación y a veces salís con una historia que no habías planeado encontrar.
Un país que juntó libros antes de saber quién era
No es solo una impresión romántica. Buenos Aires tiene más de 800 librerías, una de las concentraciones más extraordinarias del mundo, y en 2011 la UNESCO la eligió Capital Mundial del Libro. Pero lo que más me conmovió fue volver al principio de la historia: en 1810, antes incluso de declarar la independencia, se creó la Biblioteca Pública de Buenos Aires, antecedente de la actual Biblioteca Nacional.
Me parece una imagen poderosa. Argentina todavía no sabía exactamente qué país iba a ser, pero ya estaba juntando libros para poder imaginarlo.
Décadas después nacieron las bibliotecas populares, pensadas para que los vecinos construyeran sus propias bibliotecas. Y ahí entendí algo: en Argentina la biblioteca no es solo un depósito de textos. Alguien entra por un libro y termina encontrando una conversación. Como el mate, el libro también pasa de mano en mano.
Leer también es una forma de aguante
Las personas no solo vivimos dentro de países; también vivimos dentro de historias. Y Argentina parece un país que nunca terminó de decidir qué historia está contando. Por eso sus escritores, de Borges a Cortázar, de María Elena Walsh a Quino, la ayudaron a leerse a sí misma.
Pensé que la lectura argentina tiene algo de aguante. Aguante no significa que nada duela; significa que duele y aun así seguís. En una novela, el aguante es pasar la página incluso cuando el capítulo que acabás de leer fue injusto. No porque estés seguro de que todo va a terminar bien, sino porque todavía no aceptás que ese dolor sea el final.
No quiero romantizar los momentos difíciles: el sufrimiento no se vuelve bello por haberlo atravesado, y no todos tienen el mismo acceso a los libros. Por eso valoro tanto las bibliotecas populares, los puestos de usados, los préstamos y a las maestras y maestros que ponen una historia en manos de un chico. Una cultura lectora se construye haciendo que el próximo lector pueda existir.
Todavía queda una página
Con el tiempo me di cuenta de que Argentina no solo lee novelas: lee constantemente su propia realidad. Cada mesa argentina parece un pequeño club de lectura donde el libro es el país entero. Todos opinan, todos discuten, y eso revela que la gente todavía siente que la historia le pertenece.
Y vuelvo a pensar en ese libro usado sobre la Avenida Santa Fe. No sabe quién lo va a encontrar ni qué capítulo de su vida está viviendo esa persona. Solo permanece abierto a la posibilidad de continuar. Tal vez esa sea la esperanza argentina: no la ingenua que promete que todo va a salir bien, sino la que dice "ya atravesamos capítulos difíciles... pero todavía queda una página".
Ahora te pregunto a vos
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